Y sin embargo… esa era la dirección.
Salió de la camioneta con un pequeño ramo de flores silvestres que había comprado en un puesto de carretera.
Se sintió ridículo al instante.
¿Flores?
¿Después de nueve años?
Una ráfaga de viento arrancó un pétalo y lo arrastró por el patio polvoriento. Daniel tragó saliva con dificultad y llamó a la puerta.
—¿Emily? —llamó.
Su voz sonaba desconocida, casi frágil.
La puerta se abrió lentamente con un crujido.
Y allí estaba.
Emily… y sin embargo, no era la Emily que recordaba.
Su cabello, antes rubio, ahora tenía canas y estaba recogido en un sencillo moño. Sus manos se veían ásperas, marcadas por años de duro trabajo.
Pero lo que más lo impactó fueron sus ojos.
Seguían siendo del mismo azul suave.
Pero la calidez había desaparecido.
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