El débil sonido se repitió, agudo y entrecortado como un pequeño grito llevado por la ráfaga de viento. Al principio, se preguntó si el viejo pino del exterior gemía bajo el peso de la nieve. Pero aquel ruido tenía urgencia, una súplica que le conmovió profundamente. Dejó la taza y ladeó la cabeza, dejando que el crepitar del fuego se desvaneciera en el fondo.
Ahí estaba de nuevo, un suave gemido, luego un segundo que se superponía como ecos de angustia. Su primer instinto fue la cautela. A veces, animales salvajes vagaban por estos bosques: zorros, mapaches, incluso algún que otro coyote. Sin embargo, algo en aquel sonido le resultaba diferente, demasiado desesperado, demasiado frío.
Envolviéndose el grueso chal sobre el hombro, buscó la linterna que siempre la esperaba junto a la puerta. El asa metálica estaba helada contra su palma. Al abrir la puerta, una ráfaga de aire gélido entró a raudales, arrebatándole el calor de la habitación y llenándole los pulmones con el frío penetrante del invierno.
La luz de la luna se derramaba sobre el porche y la nieve circundante, convirtiendo cada montón en plata. Al principio, solo vio oscuridad entre los árboles. Entonces, un leve movimiento llamó su atención cerca del borde de los escalones. Dos pequeñas figuras se acurrucaban juntas, temblando tan violentamente que parecían ondear como hojas al viento.
Martha entrecerró los ojos y bajó la linterna. Unos ojitos diminutos reflejaron la luz, grandes, asustados y suplicantes. Al acercarse, las figuras se hicieron nítidas. Dos cachorros, con el pelaje cubierto de nieve y las patas medio enterradas en la costra helada. Parecían apenas lo suficientemente mayores como para estar lejos de su madre.
El más pequeño gimió de nuevo. Un sonido débil casi perdido en el viento arremolinado. El cachorro más grande se acurrucó contra su hermano como para protegerlo. Una oleada de compasión inundó el pecho de Martha. Allí afuera, en una noche como esta, no sobrevivirían mucho tiempo. Aun así, las preguntas la asaltaron. ¿Dónde está su madre? ¿Cómo llegaron hasta aquí?
El bosque se extendía silencioso y vacío por kilómetros. Cualesquiera que fueran las respuestas, la urgencia de esos pequeños llantos no dejaba lugar a dudas. El aliento de Martha formaba pequeñas nubes mientras se agachaba junto a los temblorosos cachorros. Su pelaje estaba húmedo por la nieve derretida, y podía sentir el frío que emanaba de sus pequeños cuerpos.
El cachorro más grande levantó la cabeza y la miró a los ojos como implorando ayuda. Esa simple mirada traspasó el corazón de la anciana. Extendió una mano enguantada, moviéndola lentamente para no asustarlos.
"Tranquilos, pequeños", susurró, con voz suave contra el aullido del viento. "Ya están a salvo".
El cachorro más pequeño vaciló, sus orejas se movían con cada crujido del bosque, pero el más grande avanzó lentamente, con la nariz temblando, y se apretó contra su mano. Esa tierna confianza lo decidió todo. Martha deslizó sus brazos debajo de ambos cachorros, sorprendida de lo ligeros que eran.
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