Había estado atrapada en una cabaña abandonada, a un kilómetro río abajo de donde habían encontrado el cuerpo falso. Confundida, herida, abandonada… pero viva.
Un caso de identidad equivocada, dijeron.
O quizás algo más oscuro.
Mariana apenas recordaba nada: recuerdos borrosos de obedecer, de ser empujada, luego oscuridad, hasta que despertó con frío, atada, sola.
Recordaba haber rezado… y soñó con su hijo llorando junto al ataúd… su propio ataúd.
—¿Cómo lo supiste? —le preguntaron los periodistas a Jim, rodeado de cámaras y elogios.
El niño se encogió de hombros, abrazando su juguete:
—Mamá me lo dijo —respondió simplemente—. Me dijo que tenía que ser valiente y detenerlos.
EPÍLOGO
La misteriosa mujer del ataúd nunca fue identificada.
Algunos dicen que fue una coincidencia.
Otros creen que Jim tenía un sexto sentido.
Otros creen en los milagros.
Pero una cosa está clara:
Cuando intentan enterrar a una madre…
La voz de un hijo puede detenerlos.
Y nadie, ni siquiera la muerte, puede silenciar ese vínculo.
«Mamá dijo que no era ella. Mamá tenía razón».
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