“Anoche. Se sentó al borde de mi cama, me tomó de la mano y me pidió que te lo contara”.
Entonces todo sucedió muy rápido.
Volvieron a abrir el ataúd. Llamaron al forense. Examinaron el cuerpo con detenimiento.
En menos de 48 horas, se reveló la impactante verdad:
La mujer dentro del ataúd no era Mariana.
El collar: un diseño común usado por cientos de personas.
La ropa: prestada de una compañera de trabajo la semana anterior.
Las huellas dactilares: dañadas por el agua, pero no coincidían.
Las pruebas de ADN confirmaron: no había coincidencia.
La mujer a la que habían enterrado en nombre de Mariana era una desconocida.
Cuando se supo la noticia, la policía inició la búsqueda.
Al quinto día, la encontraron: Mariana. Viva. Débil. Temblorosa. Pero respirando.
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