Y entonces María se dio cuenta: no era una conversación familiar. Era una ejecución pública. En su cuarenta cumpleaños. En su casa.
Kirill se levantó bruscamente:
"Papá, ¿entiendes siquiera lo que haces?" "Siéntate", dijo Igor secamente. "Los adultos deciden".
"¿Adultos?" "Anya exhaló silenciosamente y de repente rompió a llorar, no muy fuerte, como una niña que esconde la cara entre las mangas.
María finalmente recuperó la voz. Muy baja, pero suficiente para que todos la oyeran:
"De acuerdo".
Igor incluso se quedó atónito.
"¿Qué? ¿De acuerdo?"
María dejó lentamente su copa sobre la mesa, con mucho cuidado, como si temiera derramar no el vino, sino los restos de su propia dignidad.
"De acuerdo, Igor. Divorcio... pues divorcio".
Liudmila Serguéievna entrecerró los ojos con aire de suficiencia, como si esperara algo más: gritos, súplicas, histeria.
Pero María continuó, y la sala quedó en completo silencio:
"Hagámoslo todo bien. Sin gritos ni espectáculo. Sino conforme a la ley". Y según mi conciencia.
Igor rió nerviosamente:
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