—Vale, ya que la trajiste, vamos a probarla. Si tiene cucarachas, la devuelvo.
Llevaron la silla a la habitación. Daniel cogió sus herramientas y empezó a quitar con cuidado la tela vieja. Mientras tanto, Emma sacó un trozo de tela gruesa de color claro, un poco de hilo y puso la máquina de coser sobre la mesa.
—¿Quién habrá montado esto? —gruñó Daniel, arrancando las grapas—. Está bien sujeta, pero está hecha a la ligera. Es evidente que no la ha hecho un profesional.
Quitó la tapicería del respaldo y se dirigió al asiento. Cuando la tela casi había desaparecido, se quedó paralizado.
—Emma… ven aquí. Rápido.
Había algo extraño en su voz. Emma se acercó y se inclinó hacia la silla.
Lo que vieron dentro les heló la sangre. 😨😱
Retiró el relleno, revelando un paquete. Luego un segundo. Y un tercero.
Eran fajos de billetes de cien dólares cuidadosamente doblados y atados con gomas elásticas.
Emma y Daniel se miraron en silencio.
—¿De dónde son? —preguntó Emma en voz baja.
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