Alexey bajó la cabeza.
Y ese silencio resultó ser la respuesta.
Quinta etapa. Un encuentro para el que no te puedes preparar.
Al día siguiente, cayó una ligera nevada mezclada con lluvia. Irina no durmió casi nada. Por la mañana, limpió la cocina, que ya estaba limpia, luego rebuscó en un viejo cajón de ropa de bebé, encontró un pequeño patuco de punto —el único que quedaba de aquella época— y se sentó con él en el regazo durante un buen rato, sin darse cuenta de lo fríos que se le estaban poniendo los dedos.
Natalya llegó puntualmente a las tres. No venía sola.
La mujer que entró después de ella era unos veinte años menor que Irina: alta, delgada, con la espalda recta y la mirada cautelosa de alguien que ha pasado toda su vida manteniendo las distancias primero y confiando solo después. Llevaba una bufanda ligera, húmeda en los bordes, y un sencillo abrigo gris. Sin dramatismos. Ni una lágrima en la puerta.
Y eso era precisamente lo que la hacía más aterradora que todas las fantasías nocturnas de Irina.
Irina se puso de pie.
La mujer también se detuvo en medio de la habitación. Durante unos segundos, simplemente se miraron. Entonces Irina lo vio. No se parecía a ella misma, no. Se parecía a Artyom. La línea de sus cejas, la forma de sus ojos, la barbilla obstinada. Una familia arrebatada y devuelta hecha pedazos.
—Hola —dijo la mujer en voz baja—. Yo... Elena.
Irina dio un paso, luego otro, y de repente se detuvo, como si temiera asustar no a la persona, sino a la posibilidad misma.
—Perdóname —dijo antes que nada—. Señor, perdóname...
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