El niño tuvo que aprender a explicar científicamente técnicas que siempre había hecho intuitivamente. Mateo preguntó una de las investigadoras, la doctora Gabriela. ¿Por qué presionas específicamente este punto del pie? Porque mi abuela decía que aquí pasa un nervito que va hasta la pierna, doctora. Interesante. Este punto corresponde exactamente al meridiano del hígado en la medicina tradicional china, que está relacionado con los tendones y músculos. Entonces, mi abuela tenía razón. No solo razón, sino que estaba muy adelantada a su tiempo.
Durante ese periodo, Ana Sofía seguía mejorando. Ya podía correr pequeñas distancias, subir escaleras y hasta andar en bicicleta con rueditas. Mateo, dijo ella una tarde mientras jugaban en el jardín, gracias por enseñarme a caminar de nuevo. Tú hiciste todo el esfuerzo, hermanita. Yo solo ayudé un poquito, pero sin ti yo nunca lo habría logrado. El niño sonró recordando las palabras de su abuela. ¿Sabes lo que mi abuela decía? Que uno no cura a nadie. Uno solo ayuda a la persona a curarse a sí misma.
Tu abuela era muy sabia. Sí, lo era y sé que ella está feliz viéndote correr por ahí. Se meses después del inicio de la investigación, el doctor Sergio Valdés llamó a la familia para una reunión importante. Tenemos resultados preliminares extraordinarios, anunció. Los métodos de Mateo muestran eficacia en el 78% de los casos probados. Eso es mayor que muchos tratamientos convencionales. Alejandro quedó impresionado. Y ahora, ahora queremos proponer algo más grande. Un instituto de investigación y tratamiento especializado en combinar métodos tradicionales con medicina moderna.
Mateo sería el consultor principal. Un instituto completo. Sí, con su autorización. Claro. Sería una forma de honrar la memoria de la abuela de Mateo y ayudar a miles de niños. Mateo guardó silencio por un momento. ¿Puedo poner una condición, doctor? Claro. ¿Cuál? Que el instituto sea gratuito para familias pobres. Que todo niño pueda ser atendido independientemente de si tiene dinero o no. El Dr. Sergio Valdés sonrió. Mateo, nunca dejas de impresionarme. Es exactamente lo que pretendemos hacer.
La construcción del Instituto Remedios en honor a la abuela de Mateo llevó 2 años. Durante ese tiempo, Mateo continuó estudiando, aprendiendo sobre anatomía, neurología y fisioterapia, siempre manteniendo viva la esencia de las enseñanzas de su abuela. Ana Sofía, ahora con 8 años, se había convertido en una niña completamente normal, corriendo, saltando y jugando como cualquier niño de su edad. Ella acompañaba frecuentemente a Mateo cuando atendía a otros niños, sirviendo como ejemplo vivo de que la recuperación era posible.
“Mateo”, dijo ella una tarde, observando una sesión con una niña que había llegado al instituto en silla de ruedas. “¿Tú crees que ella también podrá caminar?” “Estoy seguro, hermanita. Cada niño es un caso diferente, pero con amor y paciencia siempre hay una manera. El día de la inauguración del instituto fue emotivo. Cientos de familias con niños con problemas motrices vinieron de todo México para conocer el trabajo de Mateo. El niño, ahora con 10 años, estaba nervioso, pero decidido.
Mateo, dijo Alejandro momentos antes de la ceremonia, tu abuela estaría muy orgullosa de ti hoy. Espero que sí, papá. Espero estar haciendo lo correcto. Estoy seguro de que sí, hijo. Durante la ceremonia de apertura, Mateo fue invitado a hablar. Aunque todavía era un niño, su presencia en el escenario era impresionante. “Mi nombre es Mateo Reyes Villarreal”, comenzó con la voz firme. “Y quiero contarles sobre mi abuela, doña Remedios. Habló sobre las enseñanzas que había recibido, sobre la importancia del amor y la paciencia en el proceso de curación.
y sobre cómo la medicina tradicional y la medicina moderna podían trabajar juntas. Este instituto no es solo mío, concluyó, es de todas las familias que creen que el amor puede curar. Es de todos los niños que no se rinden en soñar con caminar. y es de mi abuela que me enseñó que la mejor medicina del mundo es el cariño. Los aplausos fueron ensordecedores. En el público, Ana Sofía aplaudía con entusiasmo. Alejandro y Mónica lloraban de orgullo, y la doctora Elena movía la cabeza en admiración.
En los primeros 6 meses de funcionamiento, el instituto atendió a más de 200 niños. Los resultados eran impresionantes. Más de la mitad mostraba mejoras significativas y muchos lograban recuperar completamente los movimientos. Mateo se había convertido en una pequeña celebridad, pero seguía siendo el mismo niño humilde y dedicado de siempre. Se despertaba temprano todos los días para atender a los niños, estudiaba por la tarde y pasaba las noches planeando nuevos tratamientos. Mateo, dijo Mónica una noche cuando estaban cenando en familia, ya no quieres jugar más, solo vives pensando en el instituto.
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