Ni una sola mención de Olivia.
Ya estaba cogiendo las llaves antes de que la enfermera terminara.
"Voy para allá", dije.
El vuelo que había reservado salía en pocas horas, pero no podía quedarme quieta. Un pensamiento se repetía una y otra vez: ¿Quién abandona a un niño enfermo así? ¿Quién abandona a un niño?
Cuando aterricé en Florida, ya había llamado tres veces. Daniel no contestó. Rachel tampoco. Directamente al buzón de voz, como si mi preocupación no fuera más que una molestia.
En el hospital, Olivia parecía más pequeña de lo que la recordaba. Tenía la piel pálida, los labios agrietados y la manita envuelta en una vía intravenosa. En cuanto me vio, se le llenaron los ojos de lágrimas.
"Abuela... Intenté decirles que estaba enferma", susurró. «Dijeron que estaba arruinando el viaje».
Algo dentro de mí se rompió, de forma limpia y silenciosa.
Un médico se acercó, hojeando su historial clínico. «Está estable ahora, pero llegó peligrosamente tarde. Unas horas más…»
No terminó la frase.
Asentí, pero ya no lo oía bien. Mi mirada se desvió hacia el oficial que estaba cerca de la puerta; el protocolo del hospital ya había elevado la situación.
«¿Sabemos quién la dejó allí?», pregunté.
Consultó sus notas. «Un conductor del servicio de transporte del hotel la encontró sola cerca de la zona de recogida de equipaje. No había ningún adulto presente. Estamos rastreando la última ubicación conocida de sus padres».
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