Bailó con su amante embarazada, creyendo que había arruinado a su esposa, hasta que ella detuvo la fiesta y reveló su perfecta venganza.

PARTE 1
En los círculos de élite de la Ciudad de México, el poder y el secretismo están íntimamente ligados, y Elena Garza estaba a punto de descubrir una verdad que destrozaría todo lo que creía saber sobre su vida.

A sus treinta y cuatro años, Elena era la mente brillante detrás del floreciente imperio inmobiliario de su esposo, Mauricio Montes. Durante cinco años de matrimonio, había renunciado a sus propias ambiciones para diseñar resorts de lujo en Tulum y Los Cabos, convirtiendo a Mauricio en uno de los magnates más admirados del país. Su hogar, una elegante mansión de vidrio y concreto en Lomas de Chapultepec, era su propia creación.

Para los demás, parecían perfectos. Pero incluso las estructuras más sólidas pueden deteriorarse desde dentro.

Todo comenzó a desmoronarse un tranquilo domingo de abril. Mauricio afirmó tener una reunión urgente en Cuernavaca y se marchó temprano. Con la esperanza de sorprenderlo, Elena condujo hasta su casa de vacaciones en el club de golf, llevando consigo los planos de su proyecto más ambicioso hasta la fecha: un complejo turístico ecológico de dos mil millones de pesos en la Riviera Maya.

Al llegar, vio tres autos en la entrada: el de su suegra, el de Mauricio y uno que reconoció al instante: el de Valeria, su joven asistente, a quien ella misma había recomendado meses atrás.

Entrando sigilosamente por la puerta de servicio, Elena se detuvo al oír voces en la terraza. Oculta tras una pesada puerta, escuchó.

«Tienes que tener cuidado», le advirtió su suegra. «Si Elena se entera antes de que se formalicen los préstamos, lo perderemos todo. Los inversionistas confían en ella, no en ti».

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