Salió de una cena riendo, sin imaginar que pocos minutos después todo cambiaría para siempre. El cruce peatonal, las luces de los autos y las llamadas urgentes parecían irreales para quienes la conocían y la querían. Bajo el brillo de Broadway, una mujer cuyo rostro era familiar para muchos, pero cuya historia solo algunos conocían, dio sus últimos pasos en la ciudad que amaba.

Años antes había llegado a Nueva York con una maleta y una fuerte convicción: que el humor podía abrir puertas. Durante el día trabajaba en el aeropuerto JFK ayudando a los viajeros, y por la noche subía a pequeños escenarios de comedia, buscando la magia de escuchar a una sala llena estallar en risas.
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