Cuando le dije que ya estaba a salvo, no sonrió de inmediato.
—¿Están enfadados conmigo? —preguntó.
—No —dije con cuidado—. Tomaron una decisión muy equivocada. No es culpa tuya.
Asintió como si entendiera, pero su mirada permaneció distante.
Al anochecer, se habían puesto en contacto con el crucero. El personal de seguridad acompañó a Daniel y a Rachel a la enfermería del barco y luego a una sala de espera privada. Sus vacaciones terminaron en algún lugar entre el Caribe y una puerta cerrada que no esperaban.
El detective Harris volvió a llamar.
—Los trasladan de vuelta mañana —dijo.
—Esto se va a complicar —dijo.
—Bien —respondí.
Porque aún no había terminado.
Ni de cerca.
La llegada al aeropuerto no fue para nada como la esperaba.
Ni gritos. Ni un ataque de nervios. Solo Daniel y Rachel bajando de la furgoneta de escolta, quemados por el sol, exhaustos e irritados, como si hubieran extraviado el equipaje en lugar de a una niña.
Daniel me vio primero.
—¿Qué demonios hiciste? —espetó.
No me moví.
—¿Qué hice? —repetí.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
