Marina no durmió esa noche. Se quedó allí tumbada, mirando al techo. La habitación olía a perfume ajeno, por mucho que abriera la ventana. A las tres de la mañana, se levantó, quitó las sábanas y las metió en la lavadora. Luego lavó las mesitas de noche, los tiradores de los armarios, incluso el alféizar de la ventana. No porque estuvieran sucios. Porque necesitaba limpiar al menos algo.
Por la mañana, llamó Lena, su hermana mayor, a quien Marina no había tenido intención de decírselo al principio. Pero su voz tembló en la segunda palabra.
"Lena... Ya estoy en casa." Y entonces...
La hermana no la interrumpió. Escuchó todo y solo dijo:
"Enseguida voy. Y no discutas."
Cuando Lena entró en el apartamento, Igor ya estaba sentado en la cocina, sin afeitar, con una taza de café, como si fuera un domingo cualquiera. La hermana de Marina lo miró con tanta intensidad que él apartó la mirada.
"Recoge tus cosas", dijo con calma. "Estás fuera de lugar aquí."
"Esta es nuestra casa compartida", murmuró.
"Lo era", respondió Lena. "Hasta ayer."
Por primera vez en 24 horas, Marina sintió que no estaba sola. Y eso resultó ser más importante que todas las palabras bonitas.
Etapa 5: No gritos, sino documentos
Dos días después, cuando su debilidad se había aliviado un poco, Marina se sentó a revisar el papeleo.
El apartamento se había comprado durante el matrimonio. El coche estaba a nombre de Igor, también durante el matrimonio. Compartían sus ahorros, aunque ella había ahorrado la mayor parte porque a Igor le gustaba "vivir el momento". Ella siempre lo había sabido, pero antes lo consideraba insignificante. Ahora, le salvaba la vida.
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