La policía interrogó a Javier. Parecía conmocionado, pero vi algo más en su mirada: una fría reflexión. Ya intentaba recuperar el control.
Esa noche recibí un mensaje anónimo:
"Si quieres saber quién murió en tu marido..."
—En casa, ven mañana a las 7 a la cafetería frente al hospital. No se lo digas a nadie.
Fui.
Un hombre delgado de mediana edad se sentó frente a mí y deslizó una fotografía sobre la mesa. Mostraba a un joven con quemaduras graves.
—Era mi sobrino —dijo—. Se llamaba Marcos.
Se me heló la sangre.
—¿Por qué llevaba la ropa de mi marido?
—Porque tu marido le pagó para que muriera en su lugar.
Me puso una grabación. La voz de Javier era inconfundible, lo estaba organizando todo. Marcos estaba ahogado en deudas, y Javier le ofreció dinero para fingir el accidente. Pero Marcos había oído más: descubrió el plan de Javier para matarme también.
El hombre me miró y dijo:
—Mi sobrino ha muerto. No quiero que su muerte quede enterrada con las mentiras de tu marido. Tu testimonio es la clave.
Asentí.
En ese momento, supe que no había vuelta atrás.
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