—¡Por fin están aquí! —exclamó la mujer con una calidez tan genuina que Ana sintió un escalofrío al instante.
Carlos se adelantó y abrazó a su madre con fuerza.
—Mamá, te he echado tanto de menos.
Le acarició el rostro con cariño y luego se giró hacia Ana con una expresión atenta pero dulce.
—Debes ser Ana. Me alegra mucho conocerte por fin. Soy Carmen. Entra, hace frío afuera.
Ana dudó un instante. En su imaginación, su suegra siempre había tenido una expresión severa y una mirada crítica. En cambio, allí estaba Carmen, con un delantal cubierto de harina, desprendiendo el reconfortante aroma a pan recién horneado.
La casa se sentía cálida y luminosa. Unas cortinas claras enmarcaban las ventanas y los muebles eran sencillos pero bien cuidados. Unas cuantas revistas y un libro abierto descansaban sobre una mesa cercana, como si alguien los acabara de dejar.
—Siéntate, te prepararé un té —dijo Carmen mientras se dirigía a la cocina. —Yo también horneé un pastel. A Carlos siempre le encantó.
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