Durante un minuto entero, ninguno de los dos habló.
Los guardias observaban desde un rincón. La trabajadora social revisaba la pantalla de su teléfono.
Entonces Salomé se acercó al oído de su padre.
Susurró.
Nadie más oyó las palabras.
Pero todos vieron el efecto.
Ramiro palideció.
Todo su cuerpo comenzó a temblar.
Las lágrimas silenciosas se convirtieron en sollozos incontrolables. Su pecho se agitaba violentamente.
Se apartó lo suficiente para mirarla.
"¿Es verdad?", preguntó con la voz quebrada. "¿Lo que dices... es verdad?"
Ella asintió.
Ramiro se puso de pie tan bruscamente que la silla se estrelló detrás de él.
"¡Soy inocente!", gritó, más fuerte que en cinco años. "¡Siempre fui inocente! ¡Ahora puedo demostrarlo!"
Los guardias se abalanzaron sobre él, pero no intentó escapar.
Salomé se aferró a él con una fuerza que superaba con creces su edad.
“Es hora de que sepan la verdad”, dijo con claridad.
“Es hora”.
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