"¿Estás segura?", preguntó.
No por dinero. No por vergüenza.
Por mí.
"Sí", dije. "Ahora sí".
El resto no fue dramático, fue real. Confusión, lágrimas, conversaciones, gente tomando partido. Álvaro lo intentó una última vez.
“Podemos arreglarlo. Volveremos a sentar a tus padres, nos disculparemos y continuaremos.”
Negué con la cabeza.
“No quiero sillas cambiadas de sitio”, dije. “Quiero una vida donde mis padres no tengan que ganarse el respeto.”
Él
No obtuve respuesta.
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