Lucía era una esposa amorosa y devota de Daniel Herrera. Vivían juntos en una elegante casa en Querétaro, junto con su padre, Don Rafael Herrera, un anciano que había sufrido un derrame cerebral y quedó completamente paralizado.
No podía hablar.
No podía moverse.
Solo podía mirar… y respirar.
Antes de casarse, Daniel había sido muy claro con ella.
— Lucía… te amo más que a nada. Pero debes prometerme una cosa.
Nunca entres en la habitación de mi padre cuando yo no esté en casa.
Nunca intentes bañarlo ni cambiarle la ropa. Para eso está su enfermera privada.
A mi padre le duele que otros lo vean vulnerable.
Lucía se quedó perpleja.
— Pero soy su nuera… Quiero ayudar…
— No —respondió Daniel con firmeza—. Respétalo. Si rompes esta promesa… nuestra familia podría desmoronarse.
Por amor, Lucía obedeció.
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