Ciudad de México, 19 de marzo de 1978. Foro principal de Televisa. Ocho cámaras encendidas. Luces blancas quemando el escenario. Cuarenta millones de espectadores frente a sus televisores en toda Latinoamérica. Y cuatro segundos de silencio que parecieron eternos.

—Hoy tenemos a una leyenda del cine mexicano… —dijo, alargando la frase—. Dicen que fue la mujer más bella del país… hace unos cincuenta años.

Risas dispersas. Inseguras.

Detrás del escenario, María escuchó cada palabra.

No canceló. No dudó.

Entró.

El público se puso de pie sin que nadie lo ordenara. No era protocolo. Era reflejo.

Vestido negro impecable. Joyas antiguas. Espalda recta. Mirada firme.

Raúl extendió la mano. María no la tomó.

Se sentó. Cruzó las piernas. Lo miró.

Y entonces llegó la pregunta trampa:

—¿Cómo se siente ser una leyenda… del pasado?

Silencio.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro segundos.

En la cabina de control alguien susurró: “Que hable”.

Pero María sabía exactamente lo que hacía.

—No, señor Velasco… —corrigió con suavidad—. Solo Raúl.

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