Ciudad de México, 19 de marzo de 1978. Foro principal de Televisa. Ocho cámaras encendidas. Luces blancas quemando el escenario. Cuarenta millones de espectadores frente a sus televisores en toda Latinoamérica. Y cuatro segundos de silencio que parecieron eternos.

Primera herida.

—La diferencia entre tú y yo es muy simple —continuó—. Yo soy una leyenda. Tú eres un empleado.

El aire se volvió denso.

Raúl intentó reír. Falló.

Ella no levantó la voz.

—Si mañana te reemplazan, nadie recordará tu silla. A mí me intentaron reemplazar durante veinte años… y aquí sigo.

Aplausos tímidos.

—El tiempo pasa para todos —respondió él.

—Sí —contestó ella sin parpadear—. Algunos envejecemos. Otros caducan.

El público ya no sabía si respirar o aplaudir.

Raúl intentó cambiar el rumbo.

—Las nuevas generaciones ya no consumen el cine de tu época.

María giró apenas hacia cámara.

—Mis películas se siguen proyectando en Europa. ¿Crees que este programa seguirá existiendo dentro de treinta años?

Golpe directo.

El director gritaba órdenes nerviosas. Cámara uno. Cámara tres. Música.

Nadie podía cortar aquello. Era historia en tiempo real.

Raúl, por primera vez en años, estaba acorralado.

—No quise faltarte al respeto —dijo finalmente.

María lo observó como se observa una pieza defectuosa.

—Lo sé. Para faltarme al respeto, primero tendrías que estar a mi altura.

El estudio explotó.

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