La caja se fue vaciando poco a poco. Parecía que mi mente también se iba con ella.
Cuando terminé, ya estaba oscureciendo.
Me levanté y llevé la bolsa de basura a la puerta. La sacaré mañana.
Y hoy...
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí culpable ni obligada.
Fui a la cocina y me serví otro té. El mío. Caliente, fuerte.
Me senté junto a la ventana y corrí la cortina.
No había nadie más en el patio.
Y, ¿sabes?, por primera vez, no me asustó.
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