Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

En su lugar, comenzó a caminar en círculos pequeños, como un animal enjaulado pasándose las manos por el cabello con una frustración desmedida que asustaba a todos. Eso te pasa por quererme controlar”, gritó con la voz ronca, señalando con un dedo acusador a la mujer que yacía en el suelo. Para él, en su lógica retorcida por el alcohol, ella era la culpable de haberlo provocado con ese susurro inofensivo. El padre de la novia, un hombre de campo respetado y pacífico, salió de su estupor inicial con el rostro desencajado por la furia y los puños apretados con fuerza a los costados.

intentó lanzarse sobre Alejandro para defender el honor de su hija, pero dos de sus propios hermanos lo sujetaron por los brazos, temiendo que una pelea a golpes empeorara la tragedia. “Suéltenme, voy a matar a ese desgraciado”, bramaba el señor con las venas del cuello marcadas, mientras su yerno lo miraba con una sonrisa cínica y retadora. Doña Consuelo, la madre de Alejandro, estaba pálida como un papel, temblando de pies a cabeza mientras miraba alternativamente a su hijo y a la multitud que los juzgaba con la mirada.

Intentó acercarse a él para calmarlo, susurrando su nombre con súplica, pero Alejandro se sacudió su toque como si le quemara la piel y la miró con desprecio. No me toques tú tampoco, mamá, que todas las mujeres son iguales de manipuladoras, escupió él. Dejando a su madre con la palabra en la boca y el corazón roto. María Fernanda, aún en el suelo, sentía un zumbido ensordecedor en los oídos que opacaba los gritos y el caos que la rodeaba en ese momento tan amargo.

Se llevó la mano a la boca y sintió un sabor metálico y caliente, dándose cuenta de que el golpe le había lastimado el interior del labio contra los dientes. No podía levantar la cabeza. La vergüenza pesaba más que el dolor físico. Sentía las miradas de todo el pueblo clavadas en su espalda como agujas ardientes. Las damas de honor, vestidas en tonos pastel, finalmente reaccionaron y corrieron hacia ella, formando una barrera humana para protegerla de la vista de los curiosos y del agresor.

Se arrodillaron en el polvo sin importarle sus vestidos caros, abrazando a su amiga que temblaba como una hoja en medio de una tormenta. “Ya pasó, nena, ya pasó. No lo mires”, le decían al oído, aunque sabían que esa mentira piadosa no podía borrar la realidad de lo que acababa de suceder. El padre Tomás, un anciano que había bautizado a la mayoría de los presentes, bajó las escaleras del altar con paso apresurado, con su sotana moviéndose con el viento.

Su rostro reflejaba una indignación santa. Jamás en sus 40 años de sacerdocio había presenciado una profanación semejante en las puertas de la casa de Dios. se plantó firme frente a Alejandro, levantando una mano autoritaria para exigirle que se detuviera y mostrara un poco de respeto. “Hijo, ten temor de Dios. ¿Qué demonios estás haciendo?”, exclamó el sacerdote con voz potente, intentando usar su autoridad moral para frenar la locura del muchacho. Alejandro se detuvo en seco y lo miró de arriba a abajo con una falta total de reverencia, soltando una risa burlona que heló a los feligreses más devotos.

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