Pero no era el volumen. Era la mera presencia del sonido. El hecho de que ya no estaba sola, ni siquiera en silencio.
Empecé a darme cuenta de que buscaba excusas para ir a otra habitación. Para cerrar la puerta. Para poner música y ahogar su voz suave.
Y entonces, por primera vez, sentí la alarma.
El tercer hábito resultó decisivo.
Ella no tiraba las cosas viejas.
Para nada.
Cajas, bolsas, algunos frascos, revistas viejas, ropa que "quizás vuelva a usar". Todo esto empezó a llenar el espacio poco a poco.
Al principio, eran pilas ordenadas. Luego, no tan ordenadas. Luego, simplemente acumulaba.
"¿Quizás deberíamos ordenar esto?", sugerí un día, señalando un rincón de la sala donde ya se había formado una pequeña "montaña".
Frunció el ceño.
"Sé lo que hay ahí dentro. Solo necesito tiempo."
"Pero está creciendo."
"Estas son mis cosas."
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