Después del funeral, fui al banco a cobrar mi herencia y descubrí que todo era mucho más complicado.

—Daria Sergeyevna —comenzó Marina, sin mostrar compasión—, Pavel Andreevich sí tenía un testamento a tu favor. No lo negamos. Pero también tenía un acuerdo prenupcial y varias cláusulas que limitaban tu parte.

—¿Un acuerdo prenupcial? —Dasha palideció—. Dijo que era una formalidad. Para el banco, para... seguridad.

Marina sonrió levemente, pero sin calidez.

—Una formalidad que lo decide todo. Concretamente, la propiedad y la mayoría de las cuentas están registradas a nombre de un fideicomiso y una empresa. Según el acuerdo, tienes derecho a residir en el apartamento de por vida y a una renta mensual. Pero no a la gestión del capital.

Dasha sintió que la sangre le latía con fuerza en los oídos.

—Dijo: «Todo tuyo». Él... no podía...

—Sí podía —interrumpió Marina con calma—. Pavel Andreevich era muy racional. Sus hijos están convencidos de que conocías las condiciones y ahora intentan sacar más provecho.

Dasha apretó su taza, aunque no bebía.

"No intento hacer nada. Solo vine al banco porque... porque él dijo..."

Marina se inclinó hacia ella.

"Daria Sergeyevna, te lo diré sin rodeos. Si firmas una renuncia a tus derechos sobre los bienes en disputa, los niños no plantearán la cuestión de declarar el matrimonio como una farsa."

Dasha levantó la vista bruscamente.

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