Seguro que lo has visto: la imagen compartida en pantallas, de mano en mano entre amigos, que provoca risas y debates:
Una caja. Seis huevos. Tres frases.
“Rompí 2. Freí 2. Me comí 2. ¿Cuántos huevos quedan?”
A primera vista, parece una trampa.
Pero no lo es.
Es una invitación.
Una invitación a observar con qué rapidez respondemos,
con qué frecuencia damos por sentado,
con qué facilidad dejamos que el hábito se imponga al pensamiento.
Recorrámoslo con calma. No para ganar, sino para despertar.
Los huevos, sin prisas
Empezamos con seis. Enteros. En silencio. Enteros.
Luego:
→ “Rompí 2”.
No se han ido. Han cambiado. Siguen en el bol, solo que ya no están enteros.
→ “Freí 2”.
No son dos huevos nuevos. Son los mismos dos. Los rotos. Ahora chisporroteando en la sartén.
→ “Me comí dos.”
Otra vez, los mismos dos. El roto, el frito, el comido. Un viaje. Dos huevos.
¿Cuántos quedan?
Cuatro.
Enteros. Intactos. Esperando.
Las matemáticas son sencillas.
¿La lección? Profunda.
Por qué tropezamos (y por qué importa)
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