Gerald la oyó gritar pidiendo ayuda desde la sala y corrió a buscarla. La encontró en el suelo, agarrándose la cadera con evidente dolor. Entre lágrimas, susurró que creía que se la había roto.
La ambulancia llegó rápidamente y la llevó directamente al quirófano. Los médicos confirmaron que se había fracturado la cadera en dos partes, una lesión grave para una mujer de 75 años.
Mientras Martha se recuperaba en un centro de cuidados, Gerald se encontró solo en su gran casa antigua por primera vez en décadas. El silencio era denso y extraño.
La visitaba todos los días, pero las noches se hacían largas y solitarias. Fue entonces cuando empezó a oír algo que lo pondría todo en marcha.
Sonidos extraños en la noche
Empezó con unos rasguños que venían de arriba. Al principio, Gerald pensó que eran ardillas en el tejado otra vez, un problema común en su vieja casa victoriana. Pero esto era diferente. Los sonidos eran demasiado constantes, demasiado deliberados, como si algo pesado se arrastrara por el suelo.
Su entrenamiento en la Marina se activó. Empezó a prestar mucha atención, a observar patrones. El ruido se repetía todas las noches a la misma hora, siempre desde el mismo lugar: justo encima de la cocina.
Justo debajo del ático cerrado con llave.
El corazón le latía con fuerza cada vez que lo oía. Algo no andaba bien, y su instinto le decía que investigara.
Rompiendo la cerradura
Una noche, Gerald cogió su vieja linterna de la Marina y fue a buscar las llaves de repuesto de Martha. Había visto ese llavero innumerables veces a lo largo de los años; contenía las llaves de todo.
El cobertizo, el sótano, el archivador, incluso los coches que habían vendido décadas atrás. Seguro que la llave del ático estaría allí.
Subió las escaleras y se detuvo frente a aquella puerta prohibida. Una a una, probó todas las llaves del llavero.
Ninguna encajaba.
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