Eso lo dejó helado. Martha guardaba las llaves de todo en ese llavero. Todo, excepto el ático.
Finalmente, más inquieto que curioso, Gerald fue a su caja de herramientas y cogió un destornillador. Le costó un poco, pero logró abrir la vieja cerradura.
Dentro de la Habitación Prohibida
En el instante en que abrió la puerta, un olor denso y rancio se extendió por el aire. Era el olor a papel viejo, como el de libros sellados durante décadas.
Pero debajo había algo más penetrante, casi metálico, que le revolvió el estómago.
Encendió la linterna y entró. Al principio, todo parecía tal como Martha siempre lo había descrito: cajas de cartón, muebles viejos cubiertos con sábanas polvorientas.
Normal. Inofensivo.
Pero su mirada se desviaba constantemente hacia el rincón más alejado de la habitación. Allí, solitario como si lo esperara, había un viejo baúl de roble.
Era grueso y sólido, reforzado con esquinas de latón de un verde opaco por el paso del tiempo. Un enorme candado lo sellaba, incluso más grande que el que acababa de abrir de la puerta del ático.
Gerald se quedó allí un largo rato, escuchando el latido de su propio corazón en el silencio. No abrió el baúl esa noche.
La reacción aterrorizada de una esposa
A la mañana siguiente, durante su visita al centro de cuidados, Gerald decidió tantear el terreno con cautela. Martha estaba de buen humor después de su sesión de fisioterapia.
—Martha —dijo con suavidad—, he estado oyendo ruidos de rasguños por la noche. Pensé que tal vez teníamos animales en el ático. ¿Qué hay en ese viejo baúl que guardas ahí arriba?
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