Y, extrañamente, ya no dolía.
Solo se sentía… distante.
«Cuídate, Alejandro», dije.
Luego salí del juzgado.
El sol de Monterrey brillaba en lo alto.
El aire cálido me acariciaba el rostro.
Y por primera vez en años…
Pude respirar con libertad.
Tres meses después, la vida cambió rápidamente.
Las tiendas del sur prosperaron bajo mi dirección.
Pero esta vez, hice las cosas de manera diferente.
Contraté gerentes profesionales.
Trabajé menos horas.
Y por primera vez en una década… empecé a vivir.
Tomé clases de yoga.
Volví a leer.
Incluso viajé.
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