Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
El abogado levantó la vista lentamente.
—Las acciones de la empresa…
—¿Qué pasa con ellas?
El abogado tragó saliva.
—El sesenta y ocho por ciento… están registradas a nombre de su esposa.
El…
El murmullo se extendió por la sala.
Alejandro se puso de pie de un salto.
—¡Eso es imposible!
Pero no lo era.
Lo miré con calma.
—¿Recuerdas los primeros tiempos? —pregunté en voz baja—. Cuando abrimos la primera tienda.
No dijo nada.
—Estabas todo el día repartiendo productos —continué—. Yo era quien registraba el negocio, abría las cuentas, firmaba los contratos.
El silencio se hizo más profundo.
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