—Siempre creí que éramos socios —dije en voz baja—. Por eso nunca mencioné que la mayoría de las acciones estaban a mi nombre.
Su padre se levantó furioso.
—¡Esto es una trampa!
El juez golpeó el mazo.
—¡Silencio!
Mi abogado habló con calma.
—Todo aquí es completamente legal.
Alejandro se recostó lentamente en su silla.
Su rostro palideció.
—¿Entonces… te lo vas a llevar todo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Todos me miraron.
Respiré hondo.
Y luego negué con la cabeza.
—No.
La respuesta sorprendió a todos.
Incluso a mi propio abogado.
Miré a Alejandro directamente a los ojos.
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