Acostada en la cama del hospital, con los recuerdos mordiéndome uno por uno, entendí algo brutal: mis padres no habían reconstruido una relación conmigo. Habían abierto una llave.
Y ahora esa llave estaba cerrada.
Los días siguientes fueron una mezcla de medicamentos, análisis, visitas médicas y silencios. Mi cuerpo mejoraba despacio. Primero podía sentarme un poco más sin marearme. Luego caminar unos pasos. Luego sostener conversaciones cortas. Lo que más me sorprendió fue quiénes sí aparecieron.
Mis compañeros de trabajo.
Llegaron con flores. Con una tarjeta firmada por todos. Con chismes de oficina para hacerme reír. Paola lloró un poco al verme despierta y luego se burló de sí misma por dramatizar. Iván me llevó un café descafeinado como si fuera una ofrenda sagrada. Hasta Arturo, mi director, fue al tercer día con una bolsa de fruta y una seriedad que me enterneció más de lo que esperaba.
—Nos asustaste muchísimo —me dijo, sentándose a un lado de la cama—. De verdad, tómate el tiempo que necesites. Pero dime algo, Teresa… ¿qué te estabas haciendo?
Yo miré la sábana.
—Quería juntar para el enganche de un departamento.
Arturo soltó un suspiro largo y me vio de una forma distinta, no como jefe sino como alguien sinceramente preocupado.
—El departamento puede esperar. Tu salud no. Prométeme que vas a bajar el ritmo.
—Lo prometo.
Y por primera vez en años, lo dije en serio.
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