El hijo de un millonario gritaba cada noche, pero la verdad oculta tras esa puerta dejó a toda la ciudad en shock. Nadie se atrevía a investigar hasta que el secreto aterrador salió a la luz.

Leo negó con la cabeza, pero no gritó.

Clara pasó la mano por la superficie. La tela era suave. Demasiado suave. El relleno, compacto. La presionó. Algo no estaba bien.

No era solo firmeza. Había puntos duros, irregulares. Como si dentro hubiera algo más que plumas. Clara frunció el ceño.

—Leo —preguntó con cuidado—. ¿Desde cuándo duele?

El niño dudó.

—Desde que mamá se fue.

La frase cayó pesada. La madre había muerto hacía tres meses en un supuesto accidente doméstico.

Clara respiró hondo.

—¿Qué sientes cuando tu cabeza toca la almohada?

Leo apretó los puños.

—Es como si me clavaran cosas. Como si… como si me empujaran la cara. No puedo respirar.

Clara sintió un escalofrío. Miró la almohada otra vez.

—¿Pasa con otras almohadas?

Leo negó.

—Solo con esa.

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