Me llamo Emily Carter, y hay un momento en mi vida que se resiste a desvanecerse por mucho que pase el tiempo.
Es el momento en que las puertas de la Iglesia Comunitaria Grace Hill se abrieron durante el funeral de mi hermana, y Jason Reed entró del brazo de su amante.
Incluso ahora, años después, todavía puedo oler los lirios.
Estaban por todas partes ese día. Lirios blancos en jarrones altos a lo largo del pasillo, lirios blancos sobre el ataúd de madera pulida, lirios blancos llenando la iglesia con un dulce aroma tan intenso que me revolvía el estómago.
A mi hermana Lily Reed siempre le habían encantado las flores. Tenía un pequeño jardín detrás de su casa, donde cultivaba rosas y tulipanes en la dura tierra de Texas.
¿Pero lirios?
Los lirios eran flores de funeral.
Y ahora estaban por todas partes.
La iglesia estaba abarrotada. Nuestro pueblo de Willow Creek, Texas, tenía menos de seis mil habitantes, y las noticias corrían como la pólvora. Cuando alguien moría, sobre todo alguien joven, toda la comunidad se unía.
Pero la muerte de Lily no fue solo trágica.
Fue injusta.
Tenía treinta y dos semanas de embarazo.
Su hijo —mi sobrino— ya tenía nombre.
Noé.
La versión oficial era sencilla.
Se había caído por las escaleras.
Un trágico accidente.
Eso fue lo que Jason les contó a todos.
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