El invierno de 1944 no fue solo una estación, fue un estado mental. La escarcha no solo cubrió la tierra, sino también a quienes habían sobrevivido a la guerra. Parecía que el frío penetraba hasta los huesos y permanecía allí para siempre, un recuerdo de pérdida, miedo y sangre. Ese invierno, los supervivientes regresaron. Regresaron del frente, de las misiones, del infierno donde uno deja de ser humano.
Entre ellos estaba la mayor Vera Leonidovna Gromova.
Su nombre no aparecía en los periódicos. No se la mencionaba en los informes. Sus hazañas no adornaban carteles. Era una sombra, una que aparece de repente y desaparece sin dejar rastro. Durante tres años de guerra, se convirtió en algo más que una soldado. Aprendió a vivir sin miedo, sin remordimientos, sin pasado.
Pero la guerra no terminó para ella cuando cesaron los disparos.
A veces, lo peor no sucede en el campo de batalla.
A veces, sucede cuando crees que ya has sobrevivido.
Desarrollo
El tren avanzaba pesadamente, como si estuviera cansado junto con quienes lo transportaban. El crujido de las ruedas, los suspiros ocasionales de los que dormían, las conversaciones amortiguadas: todo se fundía en un sonido monótono. Vera se sentó junto a la ventana y miró hacia la oscuridad. No había nada más allá del cristal: solo nieve y noche.
Regresaba a casa.
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