Mi jefe repartió frascos de pepinillos caseros de su madre y toda la oficina se burló de ellos.
La mayoría los tiró como si no valieran nada.
Fui el único que se los llevó a casa.
Nunca imaginé que un frasco contendría un mensaje oculto capaz de revelar un peligroso secreto dentro de la empresa.
Después de las vacaciones de Año Nuevo, volvimos al trabajo y encontramos un pequeño regalo para cada uno: un frasco de verduras encurtidas caseras.
Nuestro jefe, Alejandro Torres, estaba de pie, incómodo, en la puerta de la sala de reuniones.
"Es solo algo que mi madre me mandó de su pueblo", dijo. "Nada especial".
Por un momento, la sala quedó en silencio.
Luego vinieron los comentarios.
"¿Quién come esto hoy en día?"
"Esto va directo a la basura".
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