El pobre estudiante se subió al coche equivocado, sin saber que pertenecía a un multimillonario.

Lo que empieza como trabajo…
La casa en Lomas de Chapultepec parecía sacada de una película. Tres plantas. Jardines impecables.

Estaba detrás de un enorme escritorio, con una camisa blanca de mangas remangadas.

—No te escapaste —comentó—.

—Necesito el dinero.

—Me gusta tu honestidad.

El sueldo era el triple de lo que ganaba en mis dos trabajos juntos.

—Es demasiado.

—Es justo.

Cuando nos dimos la mano, sentí una chispa.

Pero fingimos que no.

Era trabajo.

Solo trabajo.

Durante semanas organicé su caótica agenda, negocié reuniones, optimicé los viajes. Reconoció mi capacidad.
—No estás aquí por lástima —me dijo una vez—. Estás aquí porque eres brillante.

Nadie me había llamado brillante antes.

Un mes después me invitó a un evento de negocios en Polanco.

—Como mi asistente —aclaró.

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