El pobre estudiante se subió al coche equivocado, sin saber que pertenecía a un multimillonario.

Luces, hombres de negocios, miradas de evaluación.

Sin decir palabra, puso la mano en mi espalda. No posesivo. Solo solidario.

Me sentí segura.

Y eso era peligroso.

Empezaron los rumores.

—La nueva asistente.

—Siempre a su lado.

Una noche exploté.

«No quiero que piensen que estoy aquí porque él me rescató».

Me miró fijamente.

—Te contraté porque eres excepcional. Lo demás son solo inseguridades ajenas.

Luego añadió:

—Te admiro, Helena.

No dijo «Te deseo».

Dijo admiración.

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