Richard asintió una vez. “Pues déjalos”. La Hermana Catherine volvió a mirar las nueve cunas como si eligiera la esperanza a propósito. Apoyó la palma de su mano contra la de él. Cálida. Firme.
"Entonces lo intentaremos", dijo. "Por ellas".
Y en esa guardería, mientras nueve niñas dormían bajo suaves mantas y afuera retumbaban los truenos, la vida de Richard Miller comenzó de nuevo.
Parte 2 — 1979–1981: El mundo exige pruebas
La trabajadora social asignada al caso era Gloria Parker: perspicaz, sensata e imposible de conquistar. La primera vez que conoció a Richard, no sonrió. Su portapapeles se mantuvo en alto como un escudo.
"Voy a ser honesta, Sr. Miller", dijo. "Esto no tiene precedentes".
Richard se sentó frente a ella, con las manos entrelazadas. "Me lo imaginé".
"Eres un hombre soltero. Sin experiencia como padre. Sin pareja", continuó Gloria. "Y quieres adoptar nueve bebés".
"Sí".
Ladeó la cabeza. “¿Por qué?”
Su respuesta no cambió. “Porque pertenecen juntos.”
Gloria entrecerró los ojos. “Es un sentimiento hermoso”, dijo, “pero el sentimiento no compra fórmula.”
Richard no se inmutó. “Tengo trabajo. Ahorros. Haré lo que sea necesario.”
Entonces Gloria hizo la pregunta que la mayoría de la gente evitaba decir en voz alta.
“Eres un hombre blanco que adopta a nueve niñas negras en Estados Unidos en 1979”, dijo. “¿Entiendes lo que eso significa?”
Richard tragó saliva. “Significa que la gente se quedará mirándome. Significa que se enfrentarán a cosas que yo nunca he enfrentado. Significa que tendré que aprender.”
Gloria lo observó un buen rato. “Aprender no es opcional”, dijo. “Es supervivencia.”
“Entonces aprenderé”, respondió Richard.
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