Imaginó a desconocidos señalándolos, eligiéndolos, separándolos como objetos en un estante. Se imaginó nueve vidas comenzando juntas y separadas a la fuerza porque era "más fácil". Se le hizo un nudo en la garganta hasta que le dolió.
"Así que los separarán", dijo.
Los ojos de la Hermana Catherine parecían cansados. "Haremos lo que debamos", respondió. "Pero sí. Es probable que nos separemos".
La tormenta estalló afuera como una advertencia. Richard pensó en la habitación vacía de su bebé. Pensó en las palabras de Anne presionando sus costillas. Entonces se oyó hablar antes de que la lógica pudiera detenerlo.
"Me los llevo".
La Hermana Catherine parpadeó. "¿Disculpa?".
"Los adoptaré", repitió Richard, más alto. "A todos".
Su rostro cambió: primero la sorpresa, luego el miedo por él.
"Señor Miller... está solo", dijo con cuidado.
"Lo sé".
"Nueve bebés son toda una vida", advirtió. “No es… esto no es como tener un cachorro. Son biberones, enfermedades, escuela y…”
“Lo sé”, repitió, aunque no lo sabía. No los detalles. Solo el significado.
La Hermana Catherine escrutó su rostro en busca de imprudencia. De ego. De actuación.
Las manos de Richard temblaron levemente, pero su mirada no. “No quiero que se separen”, dijo con voz pastosa. “No si puedo evitarlo”.
Sus ojos brillaron. “¿Por qué harías algo tan imposible?”
Richard tragó saliva con dificultad. “Porque mi esposa me dijo que no dejara morir el amor”, dijo. “Y todavía me queda amor. Demasiado. Necesito un lugar donde ponerlo”.
Durante un largo momento, la Hermana Catherine no dijo nada. Luego exhaló.
“Esto no será rápido”, advirtió. “Juzgados. Trabajadores sociales. Inspecciones de viviendas. La gente cuestionará tu cordura”.
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