Entró al juzgado con una fortuna en la mano y salió con algo que valía mucho más.

El abogado levantó la vista lentamente.

—Las acciones de la empresa —dijo—. El sesenta y ocho por ciento están registradas a nombre de su esposa.

La sala se llenó de un alboroto. Alejandro se puso de pie antes de que nadie pudiera responder, insistiendo en que era imposible, que algo había salido mal, que había habido algún tipo de error.

Sofía lo miró en silencio y le recordó los primeros tiempos. Él había estado repartiendo productos y cultivando relaciones con proveedores mientras ella estaba dentro ocupándose de todo.

Cada documento que la empresa requería. Ella había registrado la compañía. Había abierto las cuentas. Había firmado los contratos fundacionales.

Lo había hecho como socia, creyendo que eran iguales en todos los sentidos. Nunca se le ocurrió mencionar la estructura accionaria porque asumió que no era necesario. Estaban construyendo algo juntos. Los detalles les pertenecían a ambos.

Su padre se levantó de su asiento y la acusó de tenderle una trampa. El mazo del juez golpeó con fuerza.

El abogado de Sofía confirmó con calma que todos los documentos eran completamente legales, estaban debidamente archivados y en perfecto orden.

Alejandro se hundió en su silla. El color había desaparecido de su rostro.

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