El efecto fue inmediato.
El rostro de Nathaniel palideció como si de repente le hubieran arrebatado el suelo bajo los pies. Su cuerpo comenzó a temblar, y las lágrimas silenciosas que habían estado resbalando por sus mejillas se convirtieron en sollozos incontrolables que sacudieron su pecho.
Miró a Emily con los ojos muy abiertos, llenos de terror y una frágil esperanza a partes iguales.
—¿Es cierto? —preguntó con voz ronca—. ¿Estás segura?
Emily asintió lentamente.
Nathaniel se levantó tan bruscamente que la silla se inclinó hacia atrás con un estruendo. Los guardias se abalanzaron sobre él, pero no intentaba escapar.
Estaba gritando.
—¡Les dije que era inocente! —exclamó, con la voz repentinamente feroz tras años de silenciosa desesperación—. ¡Se lo dije a todos! ¡Y ahora puedo probarlo!
Emily lo abrazó con fuerza por el cuello, aferrándose a su camisa con sorprendente fuerza con sus pequeñas manos.
—Es hora de que todos sepan la verdad —dijo con calma—. Es hora.
Detrás de la ventana de cristal reforzado, el alcaide Beaumont sintió que sus instintos se agudizaban.
Cogió el teléfono y marcó el número de la fiscalía.
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