—Detengan todo —dijo—. Podríamos tener un problema grave.
Una abogada que ya había visto esto antes. A casi trescientos kilómetros de distancia, Margaret Holloway terminaba de cenar sola en su pequeño apartamento.
Las noticias de la noche interrumpieron la tranquila rutina de su jubilación.
Durante décadas había sido una de las abogadas penalistas más respetadas del país, hasta que una afección cardíaca la obligó a retirarse de los tribunales. Desde entonces, sus días habían estado llenos de horarios de medicación y recuerdos de casos que aún la atormentaban en sus sueños.
Cuando la televisión mostró el rostro de Nathaniel Carver, sintió un nudo en el estómago.
El reportero explicó que una conversación de último minuto entre un condenado a muerte y su hija había obligado al estado a suspender el procedimiento durante setenta y dos horas.
Margaret dejó lentamente el tenedor.
Treinta años antes, había representado a un hombre que también había insistido en su inocencia. Era joven entonces, inexperta, y no había logrado convencer al tribunal de que reconsiderara las pruebas. Años después, la verdad salió a la luz, pero para entonces ya era demasiado tarde para devolverle la vida a aquel hombre.
Margaret tomó el teléfono y llamó a una antigua colega.
—Henry —dijo ella cuando él contestó—, necesito el expediente completo de Nathaniel Carver. Cada página.
Un orfanato silencioso y una niña asustada
A la mañana siguiente, Margaret condujo hasta un pequeño albergue estatal a las afueras de Columbus, Ohio, donde Emily había estado viviendo durante varios meses.
La directora, Patricia Leland, la recibió con cautela, pero escuchó mientras Margaret explicaba el motivo de su visita.
—Intento evitar un error terrible —dijo Margaret con suavidad—. Si ese hombre es inocente, nos queda muy poco tiempo.
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