¿Estás disfrutando de una copa de vino con tu amante, cariño? Espero que sí, porque acabo de bloquear tus tarjetas de crédito y esa botella será lo último que compres con el dinero de mi padre.

Parte 1: Las esposas doradas
Julian Thorne, vicepresidente sénior de Sterling Media, estaba sentado en el lujoso reservado de terciopelo de Le Monde, el restaurante de carnes más exclusivo de Manhattan. Frente a él se sentaba Sienna, su directora de arte junior de veinticuatro años y su amante desde hacía seis meses. Julian tenía cuarenta y cinco años, lucía elegante con su traje italiano hecho a medida y estaba embriagado por su propia sensación de invencibilidad. Reía a carcajadas mientras Sienna acariciaba el borde de su copa de vino, susurrando promesas sobre su próximo "viaje de negocios" a las Maldivas.

Para el mundo exterior, Julian era el esposo devoto de Elena Sterling, la tranquila y modesta hija del presidente de la compañía. Para Julian, Elena no era más que un escalón que hacía tiempo que había superado.

"Te preocupas demasiado", dijo Julian con una sonrisa de suficiencia, indicándole al sumiller que trajera otra botella de Cabernet. "Elena cree que estoy en una reunión de la junta directiva. Esa mujer apenas levanta la vista de su jardín. No tiene ni idea". En ese preciso instante, un camarero se acercó a la mesa. No traía una botella de vino, sino un grueso sobre de papel manila en una bandeja de plata.

«Para usted, Sr. Thorne. Entrega especial».

Julian frunció el ceño, molesto por la interrupción. Abrió el sobre, esperando un contrato o un acuerdo sobre bonificaciones. En cambio, sacó un documento titulado «Solicitud de Disolución de Matrimonio». Era una petición de divorcio acelerado.

Confundido, leyó las páginas con atención y palideció. El documento no solo exigía la separación; detallaba una orden de congelación de todas sus cuentas bancarias personales, la revocación de sus tarjetas de crédito corporativas y una orden de alejamiento que le prohibía entrar en la propiedad conyugal en los Hamptons.

Pero el golpe final estaba en el segundo párrafo.

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