PARTE 1
“¡Prefieres casarte con una mujer de sesenta años que encontrar una chica decente!”
Eso me gritó mi madre en medio del patio, delante de mis tíos, los vecinos e incluso el repartidor de gas.
Me llamo Efraín, tengo veinte años, mido un metro ochenta y nací en un pequeño rancho de Guanajuato donde todo el mundo lo sabe todo antes de que hayas terminado de vivirlo. A mi edad, la mayoría de mis amigos pensaban en motos, cerveza y chicas de su clase. Yo, en cambio, me había convertido en el chismoso favorito del pueblo porque iba a casarme con Doña Celia.
Así la llamaban todos, no porque fuera abuela, sino porque inspiraba respeto. Siempre vestía con elegancia, hablaba con suavidad y miraba a la gente como si realmente los comprendiera. Tenía dinero, sí, pero nunca fue de las que humillaban a los demás conduciendo una camioneta cara. La conocí soldando una cerca en una casa que había comprado en las afueras del pueblo. Me quemé la mano por mi torpeza, y mientras todos se reían de mí, ella fue la única que se acercó con agua, ungüento y una calma que me desarmó.
Desde ese día, empezó a tratarme de forma diferente.
Me prestó libros de negocios que apenas entendía. Me enseñó a pronunciar palabras en inglés sin hacerme sentir ignorante. Me habló de pequeñas inversiones, de ahorrar, de pensar en el futuro. Nadie de mi edad me había hecho mirar tan lejos. Con ella, por primera vez, sentí que mi vida podía ser más grande que el taller, las deudas y la tierra reseca de mi casa.
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