Y sí, me enamoré.
No de sus vestidos. Ni de su casa. Ni de su dinero.
Me enamoré de la forma en que me escuchaba, como si yo valiera algo.
Cuando se lo confesé en casa, casi me echan.
—Esa mujer te tiene hechizado —dijo mi tía.
—Lo que quieres es una madre, no una esposa —espetó mi primo.
—Te va a usar y luego te va a desechar —dijo mi padre, dolido.
Pero me mantuve firme. Luché por ella. La defendí delante de todos. Y aunque todo el pueblo me tachó de ambicioso, loco o aprovechado, no me rendí.
La boda se celebró en una antigua hacienda, iluminada con velas, decorada en blanco y con músicos tocando como si fuera una fiesta para gente poderosa. Había demasiados hombres vestidos de negro, demasiadas radios en los oídos, demasiada seguridad para una boda sencilla. Lo noté, sí. Pero estaba tan cegado por lo que sentía que decidí no preguntar.
Esa noche, cuando por fin nos quedamos solos en una enorme habitación, Celia cerró la puerta con manos temblorosas. Luego dejó un sobre grueso y unas llaves sobre una mesa.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
