Cuando ella quiso irse, él no la dejó.
Cuando quedó embarazada, comprendió que el niño no sería un hijo para Octavio, sino un heredero al que podría controlar como a una simple propiedad.
—Sabía que si intentaba huir contigo en brazos, nos encontraría —dijo, ahora llorando—. Y si te encontraba, te haría suyo.
La palabra me golpeó antes de que pudiera detenerla.
Contigo.
Sentí un zumbido en los oídos.
—No.
—Sí, Efraín.
—No.
—Tú eres ese hijo.
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