Los niños corrieron hacia nosotros, sonriendo. Los maestros estaban en la entrada. Algunos aplaudieron. Otros simplemente parecían agradecidos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Michael me apretó la mano.
—Este es mi sueño —dijo.
Luego me miró.
—Pero no puedo hacerlo solo. ¿Me ayudarás a llevarlo a cabo?
Miré a mi alrededor: los niños, el edificio, la esperanza en el aire.
Entonces sonreí.
«Por supuesto».
Ese día, la escuela abrió sus puertas.
Niños que antes no tenían nada ahora se sentaban en las aulas, aprendiendo, soñando.
Y comprendí algo:
No todos los secretos son traiciones.
A veces, son sueños que esperan convertirse en una sorpresa.
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