Fernanda dudó. Su instinto le gritaba que ese no era su lugar, que sus zapatos desgastados mancharían los pisos de mármol italiano. Pero el frío calaba sus huesos y la curiosidad era más fuerte que el miedo. Asintió tímidamente y cruzó el umbral. El aire acondicionado olía a flores blancas y dinero. Miranda la guio hasta una sala privada, lejos de las miradas de los clientes habituales, y le sirvió un café en una taza de porcelana tan fina que Fernanda temía romperla con la mirada.
Minutos después, la puerta se abrió y entró él. Aurelio Louté. Fernanda lo reconoció al instante de las revistas que ojeaba en la peluquería, aunque en persona su presencia era abrumadora. Alto, de hombros anchos y con una mirada penetrante que parecía desnudar sus pensamientos.
—Gracias por aceptar, soy Aurelio —dijo él, extendiendo la mano y omitiendo su apellido para no asustarla más, aunque el daño ya estaba hecho. Fernanda se puso de pie de un salto, derramando unas gotas de café en el platillo.
—S-sé quién es usted, señor Louté —tartamudeó—. Creo que hay un error, yo no puedo comprar nada aquí.
—No busco una clienta, busco una opinión —mintió Aurelio con suavidad, invitándola a sentarse—. Veo cómo mira mis diseños. No los mira como quien quiere poseerlos, sino como quien los entiende. Dígame, ¿qué cambiaría del vestido rojo?
La pregunta la tomó por sorpresa. El miedo dio paso a la pasión. Fernanda olvidó por un momento con quién hablaba y dejó que su instinto hablara. —El corte en la cintura es sublime —comenzó, ganando confianza—, pero la caída de la seda en la parte posterior es demasiado rígida para ese tipo de tela. Si hubiera usado un corte al bies en los paneles traseros, el vestido bailaría con la mujer, no solo la cubriría.
Hubo un silencio sepulcral. Aurelio la miró, atónito. Era exactamente la discusión que había tenido con su director creativo hacía meses, una batalla que él había perdido por “costos de producción”. Esa chica, sin estudios formales, había diagnosticado el defecto de la prenda en segundos.
—Tiene usted un ojo clínico, señorita… —Flor. Fernanda Flor. —Fernanda —repitió él, y el nombre sonó en sus labios como una promesa—. Tengo una propuesta inusual para usted.
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