Iba cada jueves a admirar un vestido inalcanzable, sin saber que el dueño del imperio la observaba en secreto. Lo que sucedió cuando cruzó esa puerta te hará volver a creer en los sueños.

Aquel fue el inicio de una doble vida para Fernanda. Aurelio le ofreció un puesto de “consultora externa”, un eufemismo para pagarle por sus ideas sin enfrentarla todavía a los tiburones de su junta directiva. Se reunían cada jueves, pero ya no en la tienda, sino en “La Semilla”, el pequeño café donde Fernanda solía dibujar. Allí, entre el aroma a canela y papel viejo, Aurelio descubrió que Fernanda no solo tenía buen gusto; tenía un don. Sus bocetos, garabateados en servilletas o cuadernos baratos, tenían una frescura y una audacia que “Louté” había perdido hacía años.

Para Aurelio, esos encuentros se convirtieron en el oxígeno de su semana. Empezó a cancelar galas benéficas y cenas con inversores solo para ver a Fernanda dibujar, para discutir sobre texturas y colores, y, peligrosamente, para verla reír. Se dio cuenta de que se estaba enamorando no solo de su talento, sino de su autenticidad. Fernanda no fingía. Si algo no le gustaba, lo decía. Si estaba feliz, sus ojos brillaban sin reservas. Era un espejo limpio en un mundo de máscaras.

Pero el mundo real no tardó en entrometerse. Los rumores en la oficina central comenzaron a circular. Miranda, celosa de la atención que el dueño prestaba a una “don nadie”, comenzó a sabotear los informes, insinuando que Fernanda era una cazafortunas. Por otro lado, Fernanda luchaba con sus propias inseguridades. Cada vez que Aurelio la llevaba a cenar a un lugar un poco más elegante, o cuando la dejaba en su casa en su coche blindado, la brecha entre sus mundos se hacía dolorosamente evidente.

El punto de quiebre llegó una noche lluviosa, muy parecida a la primera. Aurelio la llevó al taller original de su padre, un lugar sagrado que nadie visitaba. Allí, rodeado de maniquíes y telas, le confesó la verdad: la marca estaba estancada, perdiendo su alma, y él quería lanzar una nueva línea, “Esencia”, basada completamente en la visión de Fernanda.

—No puedo hacerlo, Aurelio —susurró ella, abrumada, mirando los bocetos profesionales que él había mandado hacer basados en sus ideas—. Soy una asistente de tienda. No fui a París, no hablo francés. Se reirán de mí. —Que se rían —respondió Aurelio, tomándola por los hombros con una intensidad que la hizo temblar—. Ellos conocen la moda, Fernanda, pero tú conoces el alma de las mujeres que sueñan. Eso no se aprende en la escuela. Te necesito. Y no solo para la empresa.

El beso que siguió fue inevitable, cargado de meses de tensión contenida y admiración mutua. Fue un beso que sabía a lluvia y a café, a riesgo y a esperanza. Pero la felicidad es frágil. A la mañana siguiente, Fernanda encontró un sobre en su casillero de “Hilos de Plata”. Dentro había fotos de ella y Aurelio besándose, y una nota anónima: “Aléjate o todos sabrán que te vendiste por un puesto”.

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