Me llamo Liza, tengo 32 años y llevo siete años casada. Vivimos en una casa de tres pisos en la Ciudad de México junto con mi suegra, Doña Cora. Es conocida por ser entrometida y por revisar nuestras cosas; siempre dice: “Solo estoy viendo si no les falta nada.”
Nunca he confiado en ella, sobre todo desde que noté que desaparecieron dos pulseras de oro que mi mamá me regaló antes de mi boda. Cuando le pregunté, solo sonrió con ironía y dijo: “En esta casa no hay ladrones.”

Mis sospechas crecieron tanto que instalé una pequeña cámara escondida detrás de una maceta en nuestra habitación, apuntando directamente al clóset. Quería atraparla en el acto.
Activé también la función de notificaciones para que me avisara cuando hubiera movimiento.
Pasaron tres días.
Mientras estaba en la oficina, mi celular comenzó a vibrar una y otra vez: la cámara había detectado movimiento en la recámara.
Abrí la aplicación de inmediato.
Tenía razón.
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